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Los despojosEscribiendo en el vidrio empañado cuando llueve February 14 Mo(u)rningPara ti
que vendrás tan a destiempo
con la sangre lenta y la sorpresa clausurada,
con ese vago sentimiento de ceniza
que mis palabras te mirarán sin reconocerte.
December 21 Calígula (segunda parte)
Diosa de los dolores y la danza.
Nacida de las olas, toda viscosa y amarga entre la sal y la espuma. Tú, que eres como la risa y el pesar, el rencor y el impulso... Enséñanos la indiferencia que hace renacer los amores. Instrúyenos sobre la verdad de este mundo, que consiste en no tenerla. Y concédenos fuerzas para vivir a la altura de esta verdad sin igual.
Cólmanos de tus dones, extiende sobre nuestros rostros tu crueldad imparcial, tu odio objetivo; abre por encima de nuestros ojos tus manos llenas de flores y de crímenes.
Acoge a tus hijos extraviados. Recíbelos en el desnudo asilo de tu amor indiferente y doloroso. Danos tus pasiones sin objeto, tus dolores privados de razón y tus alegrías sin porvenir.
Tú, tan vacía y tan ardiente, inhumana pero tan terrenal, embriáganos con el vino de tu equivalencia y sácianos para siempre en tu corazón negro y salino.
Albert Camus en Calígula December 04 CalígulaExtracto de Calígula de Albert Camus
J. Escipión: ¡Qué corazón hediondo y ensangrentado tienes! ¡Oh, cómo deben de torturarte tanta maldad y tanto odio! Calígula: Cállate ya. J. Escipión: ¡Cómo te compadezco y cómo te odio! Calígula: ¡Calla! J. Escipión: ¡Y qué soledad inmunda debe de ser la tuya! Calígula: (estallando, se arroja sobre él, lo coge por el cuello y lo zarandea) ¿Acaso sabes tú lo que es la soledad? La de los poetas y la de los impotentes. ¿Soledad? ¿Pero cuál? Ah, tú no sabes que nunca se está solo. Y que a todas partes nos acompaña la misma y pesada carga de porvenir y de pasado. Los seres que hemos matado están con nosotros. Y con ésos todavía sería fácil. Pero con los que hemos querido, con los que no hemos querido y que nos quisieron, los remordimientos, el deseo, la amargura y la dulzura, las putas y la pandilla de los dioses. (lo suelta y retrocede) ¡Solo! ¡Ah, si por lo menos, en lugar de esta soledad envenenada de presencias que es la mía, pudiera saborear la verdadera, el silencio y el temblor de un árbol! (sentado, con súbito cansancio) ¡La soledad! No, Escipión. La atraviesa un rechinar de dientes y resuenan en ella ruidos y clamores perdidos. Y junto a las mujeres con las que me acuesto, cuando la noche se cierra sobre nosotros y, alejado por fin de mi carne satisfecha, creo asir un poco de mí mismo entre la vida y la muerte, mi soledad entera se llena del agrio olor del placer en las axilas de la mujer que aún naufraga a mi lado. (Parece extenuado, largo silencio. El joven Escipión pasa por detrás de Calígula y se acerca, vacilante. Extiende una mano hacia Calígula y la apoya en su hombre. Calígula, sin volverse, la cubre con una de las suyas)
J. Escipión: Todos los hombres tienen algún dulce consuelo en la vida. Eso les ayuda a continuar. A él recurren cuando se sienten demasiado gastados. Calígula: Es cierto, Escipión. J. Escipión: ¿No hay, pues, en la tuya nada semejante? ¿La llegada de las lágrimas? ¿Un refugio silencioso? Calígula: Si, a pesar de todo. J. Escipión: ¿Y qué es? Calígula: El desprecio. Telón
November 01 Primero sueño
Me gusta creer que soy una persona estremecida por muchos sueños. Sirven quizás para darle sentido, poblar de significado, una existencia a la zozobra que de muchas maneras me he buscado. Hay una tríada para darle sentido, se supone, a la vida (cualquier vida): Ten un hijo, planta un árbol, escribe un libro. Llevo dos de tres. No. No tengo ningún hijo. He plantado algunos árboles y he escrito algunos libros. Y tengo otros tanto por escribir... Hace cinco años (hoy exactamente se cumplen) presenté Icaria, mi único libro publicado en el Jardín de Letras. Cumplí en aquel entonces un sueño que había tenido mucho tiempo... Ya han pasado cinco años. No he vuelto a publicar otro (tampoco le he hecho demasiado esfuerzo...) y hace demasiado que la satisfacción de “un sueño anotado” se desvaneció. Pero todavía me pregunto si para cuando escriba la entrada del 1 de noviembre del 2011 (¿se usarán aun los space en ese momento?) Icaria tendrá ya algún “hermanito”. Bordeando esa pregunta, y con una pizca grande de ocio, he “planeado” las siguientes ediciones, en orden:
Icaria, reedición. Corregidas las erratas, un nuevo prólogo de Conrado Córdova Trejo y un apéndice con las imágenes de Iván Camarena, comentadas por él.
Ceniza a la ceniza, una compilación de mis poemas de amor-desamor / memoria-olvido, dispuestos de tal manera que forman una coherente narración amorosa. Desgastante y absurdo, como los recuerdos de un amor ausente. Mi único intento por utilizar un lenguaje sencillo y sin complicaciones estructurales.
Ecos, mi favorito, sin duda alguna. El Mito, revalorado, resemantizado y reinterpretado. El trabajo que más me ha satisfecho y donde he encontrado mi nicho expresivo. Un libro transgresivo por que ¿qué mayor trasgresión en estos días que ser clásico? Ecos, el título es literal: la reverberación de la tragedia en los mitos griegos, el eco del dolor y por ende, la escasa originalidad del sufrimiento humano. Prefigurado siempre, un eco.
Los Despojos, el primer poema que tengo (conservo mis manuscritos, todos y cada uno) está fechado el 17 de diciembre de 1998. Al cumplir diez años de escribir poesía, pretendo reunir todos aquellos poemas que ya sea por su temática o por su poca calidad no aparecieron en ningún otro libro. Un libro fetiche, donde la honestidad artística y la egolatría se confunden un poco, de veras.
El Emisario, mi primera novela. Un tributo a H.P. Lovecraft y sus discípulos, pero con la bastante independencia para ser leído por cualquier profano de los mitos de Cthulu. La historia de un esquizofrénico en un asilo mental, con un horror que se remonta al Caos Primigenio habitando dentro de su mente. Este libro ha rondado mi cabeza desde hace años, creciendo junto a mis lecturas y acabando con la paciencia de todos los que me han escuchado narrársela. Dedicada a todos aquellos que dijeron “Deberías de escribirla de una vez” y que en el fondo pensaban “Si le digo eso, se callará”.
Caín, la novela que si soy capaz de escribir como he soñado, será por la que quisiera ser recordado. El Mito de Caín, nutrido en la fantasía y los surrealismos de la especulación religiosa. Un parábola del asesino como cimiento de la civilización, del exilio como autoproclamación.
Y, desde luego, otros sueños que surjan por ahí, serán bien recibidos. Pero pues, no esperen que esperaré de pie.
(¿Encontró usted, lector, el sueño escondido? Claro que sí, se trata de una pequeña editorial)
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Son las dos de la mañana o algo así. Viajo recostando mi cabeza sobre mi maleta en el asiento trasero de un Chevy, escuchando música en mis audífonos, intentando dormir (llevo dos horas en el intento) aunque sea un poco. Entonces, llegamos a Guaymas. Me incorporo y pego mi rostro a la ventana, siempre me ha gustado ver el mar.
El mar es de esas poquísimas cosas que encierran dentro de si todo el drama humano: la oscilación entre la eufórica alegría y la melancólica tristeza. Otras de esas cosas capaces de englobar esos sentimientos son la memoria (¿o el olvido?) y la música.
La noche estaba cubierta por gruesos nubarrones, transidos alguna vez por un relámpago distante, completamente sin estrellas… abajo, el mar se extendía en su particular infinitud. El disco House of Atreus de Virgin Steele no me permitía escuchar (tampoco lo hubieran permitido el cristal y la distancia) el sonido de las olas, o lo truenos apagados. Sólo era un paisaje inmóvil, de una duplicada (cielo y mar) oscuridad sin límites. Y de un silencio intuido y disfrazado de música.
La luna rompió entonces por un instante la negrura de las nubes y asomó, iluminando, con esa frialdad que sólo la luna sabe dar, cuando ha atestiguado lo más jurados pactos de amor, y también cuando ha iluminado los pasos hacia la nada de un corazón incierto y roto. En eso se parece al mar; ambos han evocado todos los suspiros, todo el aliento del amor, todas las tristezas, los adioses y las ausencias. Cielo y mar cifrando en su significado toda la miel y toda la hiel de la pasión humana.
Mucha gente te dice que cree en Dios por que no puede dejar de asombrarse ante la maravilla del mundo, ante su majestuosidad. Pero creo que hay algo más íntimo que la admiración anidado en la creencia de un ser que nos ha dado un propósito: miedo. Y ¿qué otra cosa sentir ante la desolación de dos oscuridades extendiéndose de horizonte a horizonte? ¿qué decir ante esa inmensa nada, que nos contempla como un ciclope, en el frío resplandor de la luna? Imagino al hombre, aquel que acuñó de su temor la palabra “dios”, no ante el fuego, no ante la primavera rebosante, no ante la oportuna migración de la caza a los bosques aledaños, sino ante la oscuridad… de pie, solo, ante el mar, ante la noche y ante la eternidad, para quien sus huesos que ahora mismo lo sostenían, para quien su sangre que violentaba sus venas, no tenían más sentido que la arena o las aguas saladas que lo conforman. Y para la noche y la luna, ni mar, ni marea, ni tiempo, ni eternidad significaban… Dios la quimera de los sueños y temores de un hombre solitario. Como esa otra quimera, el amor. Dios es amor, ¿tendrán idea de la razón que tienen?
La luna volvió a meterse entre los nubarrones. Tan solo un eventual destello platinaba el cielo de cuando en cuando… lo demás era simple y llana oscuridad y silencio.
Son las dos de la mañana. Hace frío a pesar de la temporada. El mar, su adivinado rumor, se va perdiendo en la distancia. Juro no ser ese hombre que inventa quimeras ante el silencio o el vacío… ni siquiera ante la distancia. Tengo miedo de que la luna se convierta en mi guía o en un espejo de mis ansias.
10 de julio de 2006
Nota: Mientras escribo, llueve... qué apropiado.
Días van, días vienen. Algo coagula en alguna parte, temo que sean mis sueños, mis anhelos, mis deseos. En alguna costa de silencio y amargura, el costillar roto de mi barca se pudre al sol y yo nado en un mar picado. Las cosas que amaba, las cosas que me hacían feliz son poco menos que despojos arrojados por la marea en una costa fuera de mi vista. Mis recatados placeres, mis raros, pocos y materiales placeres, me dejan en los labios un sabor de miel corrompida por el fastidio, corrompida por la angustia de días cansados y noches sin sueños.
Mi vida es una deriva fatigada.
Estoy desde varios puntos de vista bastante bien, bastante en calma y desde otro puntos igualmente aceptables estoy bastante mal. Estoy haciendo lo que quiero con la certeza de que después ya no lo haré, y eso me esfuma el sabor de satisfacción. Hace tanto que no escribo y no estaría tan mal sino tuviera el deseo de hacerlo. Pero deseo decir tantas cosas, deseo que escribir vuelva a ser mi pan, mi sal, mi carne. Deseo volver a ser un escritor...
Deseo ser de nuevo con Sherezada y el rey; narrando historias para evitar la muerte, o como el rey en una variación de Borges, para escucharlas sólo mientras llega. Deseo ser como los narradores del Decamerón, huir de la peste del mundo a través de la representación de otros mundos, de otras pestes. Huir en el placer del creador.
Pero me hundo en una penosa realidad, visceralmente inmediata.
Sé que son pocos los lectores de esta página, y sé que son menos de los que alguna vez fueron y menos aún los que me extrañarán. Y no me estoy yendo, pero me siento con la obligación de oficializar mi ausencia. Dejaré este blog hasta que tenga el timón de mi vida. Hasta que mi naufragio concluya en arenas firmes, en un tierra adentro que me mantenga de pie, que ate mi cuerpo, que me deje soñar al ser libre de muchas preocupaciones que me devoran los sueños.
Volveré cuando desentierre de la arena los despojos, los restos de este naufragio.
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Aturdidos por mi “corazón enfermo” unos amigos de llevar a la ópera... Parsifal de Wagner. ¿Acaso no entienden? ¿No ven que me rompo en mil pedazos?
Tiempo. El tiempo se vuelve... Extraño.
Han pasado cuarenta minutos desde que consumí tres porciones del hongo amanita. No hay efecto. De pronto me convenzo de que la casa está viva, y trata de comunicarse conmigo. La presión atrás de mi cabeza me obliga a voltear. En su pequeño universo contenido, dos peces payasos, enormes y brillantes, están por chocar uno contra otro. Forman el signo de piscis.
¡Piscis! ¡La atribución astrológica de la carta de la luna en el Tarot! El símbolo del sufrimiento y la iniciación. Muerte y renacimiento.
Me han mostrado el camino. Debo seguir esa ruta. Como Parsifal, tengo que enfrentar la locura que me amenaza. Iré solo a la Torre Oscura. Sin mirar atrás. Para enfrentar al dragón en su interior. Sólo tengo una preocupación. ¿Y si no soy suficientemente fuerte para derrotarlo? ¿Entonces qué?
La sustancia me domina. Me siento pequeño y temeroso. Quizás hice lo indebido. En algún lugar, no muy lejano, el dragón arrastra todo su terrible peso por los corredores del asilo. Me sobrecoge una ola de terror perfecto.
Y el mundo explota. No hay de qué sujetarse. Ni un ancla. Me domina el pánico. Huyo. Corro ciegamente por el manicomio. Ni siquiera puedo orar. Pues no tengo Dios.
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Las puertas se abren y se cierran. Aplauden mi huída. Las cerraduras sangran. Un coro de niños lisiados sexualmente cantan mi nombre una y otra vez.
“Arkham... Arkham... Arkham...”
Estoy cayendo.
Oh, madre, ¿qué árbol es éste? ¿Qué heridas son éstas?
Soy Attis en el pino. Cristo en el cedro. Odín en la ceniza del mundo.
“Colgado del árbol del viento, por nueve noches, herido con la lanza. Dedicado a Odín. De mí hacia mí mismo.”
Debo ver debo ver mi reflejo, para demostrar que aún existo. Afuera, oigo que el dragón se acerca cada vez más. Desesperado, quito la cinta del espejo, tira por tira, rompiéndome las uñas. Hasta que me revelo ante el cristal. Y observo dentro de mi mirada.
¡Madre!
Entonces debí desmayarme, pues es de mañana cuando abro los ojos. No puedo decir dónde terminó el dragón. Y yo empiezo.
Pero ¿No soy el héroe, el Hombre del Destino? ¿Acaso no enfrente al Gran Dragón? ¿Dónde, entonces, está mi grial? ¿Mi tesoro?
¿Mi último premio?
De pie en la calle. Miré cómo ardía (el edificio).
Lo imaginaba sin torso, ahí dentro; pecho carbonizándose; vientre abrasándose; incinerado por las llamas. Miré durante una hora.
Ante el resplandor, brillaba una mancha de sangre como el mapa de un nuevo continente. Me sentí limpio. El planeta giraba bajo mis pies y supe lo que a los gatos les hace llorar como niños en la noche. Miré al cielo a través del humo de grasa humana, y Dios no estaba ahí. La fría oscuridad se abría al infinito. Estamos solos.
Vivir nuestras vidas sin nada mejor qué hacer. Encontrar la razón luego. Nacer del olvido, traer niños a este infierno y penetrar al olvido de nuevo. No existe nada más.
La existencia es azar. No hay esquema, excepto el que imaginamos después de vivirla... Ningún significado, sólo el que elegimos e imponemos.
Este mundo no está creado por fuerzas metafísicas. No es Dios el que secuestra a los niños, no es la fatalidad la que los asesina ni el Destino el que se los echa a los perros. Somos nosotros. Sólo nosotros.
La calle apestaba a fuego. El vacío respiraba con dificultad en mi corazón, helando mis ilusiones, haciéndolas pedazos. Entonces renací, libre para seguir mi propio camino en un mundo sin moral.
Era Rorscharch.
Notas del Dr. Malcolm Long. Octubre 28, 1985
¿Porqué discutimos? La vida es frágil, un virus ponzoñoso en una mancha de barro, suspendido en la nada eterna. La próxima semana, podría estar metiéndola en una bolsa de basura, y sacándola a la calle para la Recogida.
Me senté en la cama. Miré el test de Rorscharch. Traté de ver un árbol frondoso, proyectando una sombra a sus pies, pero no pude. Me parecía más un gato muerto que encontré una vez, lleno de gusanos brillantes y gordos, unos encima de otros, recorriéndolo, huyendo de la luz. Incluso eso es esquivar el verdadero horror:
El autentico horror es que al final, sólo son unas manchas oscuras, vacías y sin sentido.
Estamos solos.
No hay nada más.
Extraído de "The Watchmen" publicado por DC Comics en setiembre de 1986. Tomo #6. Gúión de Alan Moore.
Se ha dicho que de los caídos
sólo Lilith y sus hijas pueden dar a luz..
Una verdad a medias no protege de la noche.
Yo tengo muchos hijos.
Almas de luz, seducidas por la sombra.
Bautizadas y renacidas... en el oscuro infierno.
A mi me arrancaron las alas...
yo les arranqué su inocencia.
Su libertad.
Sus sueños.
Cielo ¿Dónde está tu victoria?
Cuando llegué el día, no arderé solo.
Mis hijos arderán conmigo.
Mis bellos y desgarrados hijos.
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Nada dura eternamente.
El beso de ayer era la promesa de ayer.
Hecha para romperse.
El cielo de ayer es el infierno de hoy.
Sale el mismo sol.
Pero el paraíso es un desierto.
Riégalo con tus lágrimas.
Sueña. Confía. Espera. Y aprende.
En esta tierra baldía, sólo crecen sombras.
Sombras y sólo sombras.
Sueña, ya has cerrado los ojos.
Soñar es estar ciego.
Confía, y has vuelto la espalda.
Confiar invita a la traición.
Espera, y malgastas tu vida.
Esperar, es suicidio.
¿Cuándo aprenderás?
Tienes el poder de liberarte.
Sabes el camino.
Siempre lo supiste.
La rabia posee fuerza...
la sospecha, sabiduría.
Cuando no te queda más.
Cuando los sueños te traicionan.
Y tu corazón se ha convertido en ceniza...
el recuerdo del placer, dolor amargo,
y te encuentras en la oscuridad, solo...
Te esperaré
A ti, Michel. Sólo a ti.
Ahí estaré, para ti.
Nos perdemos en el mundo, Michel...
Queremos sentir, ser amados.
Ser de alguien.
Pero no sabemos cómo.
Y nos volvemos hacia la noche
y por un tiempo la noche parece
encerrar todo cuanto hemos buscado.
Ahí nos encuentran los ángeles.
Nos prometen emoción.
Un abrazo. Un misterio. Un lugar en el paraíso.
Nos prometen alas, mi amor.
Nos violan a oscuras...
Extraído de "Say me, Dark" publicado por DC Comics. Guión de Karl Edward Wagner
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