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    December 21

    Calígula (segunda parte)

    El Nacimiento de Venus

     

     

    Diosa de los dolores y la danza.

    Nacida de las olas, toda viscosa y amarga entre la sal y la espuma.

    Tú, que eres como la risa y el pesar,

    el rencor y el impulso...

    Enséñanos la indiferencia que hace renacer los amores.

    Instrúyenos sobre la verdad de este mundo, que consiste en no tenerla.

    Y concédenos fuerzas para vivir a la altura de esta verdad sin igual.

     

    Cólmanos de tus dones,

    extiende sobre nuestros rostros tu crueldad imparcial,

    tu odio objetivo;

    abre por encima de nuestros ojos

    tus manos llenas de flores y de crímenes.

     

    Acoge a tus hijos extraviados.

    Recíbelos en el desnudo asilo de tu amor indiferente y doloroso.

    Danos tus pasiones sin objeto,

    tus dolores privados de razón y tus alegrías sin porvenir.

     

    Tú, tan vacía y tan ardiente,

    inhumana pero tan terrenal,

    embriáganos con el vino de tu equivalencia

    y sácianos para siempre en tu corazón negro y salino.

     

     

    Albert Camus en Calígula

    December 04

    Calígula

    Extracto de Calígula de Albert Camus
     

    J. Escipión: ¡Qué corazón hediondo y ensangrentado tienes! ¡Oh, cómo deben de torturarte tanta maldad y tanto odio!

    Calígula: Cállate ya.

    J. Escipión: ¡Cómo te compadezco y cómo te odio!

    Calígula: ¡Calla!

    J. Escipión: ¡Y qué soledad inmunda debe de ser la tuya!

    Calígula: (estallando, se arroja sobre él, lo coge por el cuello y lo zarandea) ¿Acaso sabes tú lo que es la soledad? La de los poetas y la de los impotentes. ¿Soledad? ¿Pero cuál? Ah, tú no sabes que nunca se está solo. Y que a todas partes nos acompaña la misma y pesada carga de porvenir y de pasado. Los seres que hemos matado están con nosotros. Y con ésos todavía sería fácil. Pero con los que hemos querido, con los que no hemos querido y que nos quisieron, los remordimientos, el deseo, la amargura y la dulzura, las putas y la pandilla de los dioses. (lo suelta y retrocede) ¡Solo! ¡Ah, si por lo menos, en lugar de esta soledad envenenada de presencias que es la mía, pudiera saborear la verdadera, el silencio y el temblor de un árbol! (sentado, con súbito cansancio) ¡La soledad! No, Escipión. La atraviesa un rechinar de dientes y resuenan en ella ruidos y clamores perdidos. Y junto a las mujeres con las que me acuesto, cuando la noche se cierra sobre nosotros y, alejado por fin de mi carne satisfecha, creo asir un poco de mí mismo entre la vida y la muerte, mi soledad entera se llena del agrio olor del placer en las axilas de la mujer que aún naufraga a mi lado.

    (Parece extenuado, largo silencio. El joven Escipión pasa por detrás de Calígula y se acerca, vacilante. Extiende una mano hacia Calígula y la apoya en su hombre. Calígula, sin volverse, la cubre con una de las suyas)

     

    J. Escipión: Todos los hombres tienen algún dulce consuelo en la vida. Eso les ayuda a continuar. A él recurren cuando se sienten demasiado gastados.

    Calígula: Es cierto, Escipión.

    J. Escipión: ¿No hay, pues, en la tuya nada semejante? ¿La llegada de las lágrimas? ¿Un refugio silencioso?

    Calígula: Si, a pesar de todo.

    J. Escipión: ¿Y qué es?

    Calígula: El desprecio.

    Telón